El mundo que quiero para sus hijos

Discurso pronunciado en los grado el 1 de junio de 2009.

He repasado mis discursos de grado de los últimos seis años y me he encontrado en ellos con una idea común: la de contrastar la vida que mis alumnos y alumnas dejaban con la que iniciaban. Una y otra vez evoqué la nostalgia y las añoranzas que abandonar el colegio produce, a la vez que atisbé por entre el futuro de libertad y adultez que los estaba esperando.

Pero hoy, he querido enrumbar mi reflexión por un sendero diferente; dejarme seducir por lo que está por venir, por lo que puede llegar a ser. He querido darme la licencia de soñar. Quizás todos los que dedicamos nuestras vidas a educar, tenemos derecho y acaso obligación de fantasear con el futuro, con el mundo mejor que percibimos como una promesa que nos deben o nos debemos o que debemos. Probablemente sea una ceremonia de graduación el mejor espacio para compartir esos sueños, precisamente con aquellos que todavía tienen toda una vida por vivir, un camino por recorrer; y que disponen, a diferencia de los adultos que hoy los acompañamos, de una enorme libertad para tomar decisiones sobre el futuro. Si van por sendas equivocadas, es fácil devolverse porque lo recorrido es corto; si ya emprendieron la que es, tienen la ventura de poderla planear con sumo esmero; o si, aún están enfrentados a varias rutas… ¡qué envidiable oportunidad la de valorar juiciosamente la bondad de cada una de ellas!

Podrían ustedes suponer que todo esto se trata de la opción profesional, pero no.  La libertad de la que hablo, sea ésta mi última clase de Ética, es antes que nada de orden moral. Ustedes son libres hoy, inmensamente libres para escoger caminos de bien. ¡No alcanzan a imaginarse el valor que esto tiene para quienes hoy quisiéramos no haber cometido equivocaciones que no podemos echar atrás! Quizás la mayoría de nosotros haya pensado más de una vez en lo que hubiera sido de su vida si tal o cual cosa, que ya no es una posibilidad…

Pues, qué bueno que ustedes se tomaran un tiempo en medio de este torbellino de decisiones, sentimientos y posibilidades, para reflexionar sobre su porvenir moral. ¿Qué clase de persona quieren ser hoy y siempre? ¿Cómo se imaginan a sí mismos cuando sean unas mujeres o unos hombres mayores? Pues recuerden mis palabras de tantos lunes: la gran mayoría de lo que vamos siendo es el resultado de nuestro actuar, es una construcción personal; son mínimas las cosas que a uno “le pasan”, afortunadamente. Y afortunadamente porque si estuviéramos a merced del azar, existir sería aterrador. ¡No! Somos nosotros quienes conducimos nuestras vidas, pero muy especialmente en lo que tiene que ver con el bien y el mal. Y por última vez, debo decirles que no hay que esperar a “ser grandes” para vivir en la virtud, en el deber; que si quisiéramos ser el día de mañana personas de bien, debemos serlo desde hoy.

Permítanme todos volver a aquello de mis sueños que, seguramente, son los de muchos de nosotros. Y déjenme pedirles a ustedes, mis alumnos hasta hoy, que participen de la construcción de éstos.

Sueño, por supuesto, con un país equitativo en el que todo ser humano tenga oportunidades de llevar una vida digna, sin hambre, con educación, con salud, con techo. Estudien, no sólo para conseguir su sustento; enfoquen su esfuerzo hacia el bien común. Recuerden a Stuart Mill y prepárense con ahínco durante la vida académica que inician,  para poder contribuir creativamente en el progreso tecnológico y social que abra espacios a todos para vivir en mejores condiciones. Y continúen cultivando su espíritu para que, cuando ingresen al ámbito laboral, brillen como ejemplos de justicia y generosidad.  ¡Que ni un solo centavo se lo ganen a costa de los más débiles! Y por el contrario, ¡que, en la medida en que ustedes progresen económicamente, todos los que estén a su lado crezcan con ustedes!

Imagino también, con ilusión, una sociedad en la que prevalezca la honestidad, esa virtud tan venida a menos a lo largo de nuestra historia. Ayúdennos a construir un pueblo en el que se respeten los bienes colectivos como lo más sagrado, bien sea desde los cargos de quienes dediquen su vida a la noble tarea del servicio público, o bien, desde las responsabilidades que detenten en el ámbito de la empresa privada. No se apropien nunca de lo que no les pertenece.  Nuevamente los exhorto a que cada peso que llegue a sus manos lo haga por caminos transparentes y rectos. 

Visualizo una nación donde el saber ocupe un lugar preponderante porque sea reconocido como el camino de avance de las comunidades. Desarrollen la ciencia, investiguen, produzcan conocimiento; no sigamos a la espera de que otros lo hagan por nosotros, porque continuaremos siendo un país de segundo o tercer orden. Pero háganlo dentro de los límites de lo ético. ¡El fin no justifica los medios! Si lo que están buscando es loable, no lo mancillen con atropellos a la vida, a la naturaleza, al bien. 

Sueño, como todos los colombianos, con un país en paz. Pero les propongo nuevamente, como lo hice en la celebración de nuestros veinte años, que ampliemos ese concepto. Que rompamos con la lógica del odio que se ha instalado en nuestros espíritus y superemos la visión de que la paz es el aniquilamiento del enemigo; recuerden que la complejidad del conflicto hace que, para algunos, nosotros seamos ese enemigo. Como seguramente tendrán ustedes a su cargo el manejo del postconflicto que es quizás más difícil que la guerra misma, recuerden que es de la naturaleza de la sociedad la diversidad de formas de vivir, de opinar y de creer. Generen todos los espacios para trabajar el conflicto como una dinámica propia de la organización social, con un gran potencial constructivo y multipliquen en sus comunidades las herramientas de resolución pacífica del mismo. Construyan una cultura de reconocimiento a la protesta y a la organización de la sociedad civil, desde una perspectiva ética de responsabilidad social.  

Concibo, por otra parte, una nación respetuosa de la legalidad y de la institucionalidad. Hemos sido un pueblo que ve las normas, y, entre éstas, por supuesto, las leyes, como simples constrictoras de las libertades individuales. ¡Qué difícil es el balance entre la conveniencia personal y la de las comunidades! Recuerden el concepto del contrato social, denle su significado más profundo y compártanlo con quienes los rodean, Muéstrenle a sus familias, a sus colegas, a sus empleados, que la ley y la justicia ordenan, civilizan y desarrollan a los conglomerados humanos. Y si en sus manos estuviera, en el futuro, legislar o juzgar, remítanse al velo de la ignorancia que propone Rawls como garantía de justicia; porque la majestad de las leyes deriva del sentido de bien común con el que hayan sido promulgadas y la imparcialidad del juicio, de la aplicación sesuda y ética de éstas. ¡No permitan nunca que sea ninguna suerte de interés particular el que guíe su obrar como jueces o como legisladores!

Sueño, por último, con una sociedad donde las religiones   enaltezcan a los seres humanos por encima de sus propias flaquezas; donde la vida religiosa se asuma con profundidad y no con frivolidad o como una mera costumbre social. Resistan ante la natural tendencia de este mundo tan secular, de entrar en un letargo espiritual que relegue a Dios al cuarto de San Alejo; o la de abordar su impulso hacia la trascendencia, desde la liviandad y la fugacidad de la moda. Profundizar en su religión tanto como en todo lo que los apasiona, los hará hombres y mujeres de fe que se eleven, como faros, en los grupos a los que pertenezcan. No caigan tampoco en el extremo de usar su religión como fuente de división, exclusión o violencia; convivan con otros credos, de manera respetuosa y con espíritu de unidad en la búsqueda de la verdad y del bien.

Estas, mis últimas palabras, son una cariñosa invitación a seguir cultivando su inteligencia moral. La Ética es una de las disciplinas más fecundas y apasionantes de la contemporaneidad. Y  no es asunto de filósofos; su especialista por excelencia, es el Hombre. Síganle la pista a las discusiones que  plantea; aborden los dilemas morales del género humano desde el conocimiento, desde la profundidad de quienes nos enriquecen con sus reflexiones. No  renuncien nunca a las preguntas por el deber ser: ésas son las que nos competen a todos. No hay nada más elemental que el hombre sin cuestionamientos sobre el bien y el mal.

Mañana enviaré este discurso, como mi regalo de grado, a sus correos electrónicos. Quizás sea de alguna utilidad en algún momento de sus vidas.

TENGO PLENA CONFIANZA EN QUE USTEDES SERÁN SUPERIORES A MIS SUEÑOS.

 
 
Bogotá, 1 de julio de 2009

 

Saludos María Mercedes Que

Saludos María Mercedes

Que envidia, de la buena, haber sido esos graduados. No es facil encontrar documentos tan sintéticos y valiosos como el que generosamente nos has brindado en esta oportunidad. La vida, como un constante fluir nos hace olvidar aquello que hoy estas recordando con tanta firmeza, la vida libre se construye con acciones y es por esa libertad que debemos poner todas las capacidades y talentos para forjar ese futuro que, a la larga, está en las aspiraciones de todos los seres humanos.

Saludos a todos

Atentamente

Nicolás Zorrilla exalumno

Cordial saludo; Aún escucho

Cordial saludo;
Aún escucho voces que dicen o expresan, en nombre de la libertad o de las ideas, cualquier tipo de pensamientos, pero cuando repaso sus palabras y comparto sus sueños sigo pensando que las Instituciones se parecen a su iniciadores. He leído con atención el discurso y ya que como soy... (fui) parte de su historia, una breve, del colegio le doy las gracias por ellas. el Gimnasio tiene un deber y una misión a la cual no le es lícito dimitir: formar hombres y mujeres que hagan el bien.
Gracias;
Cordial saludo.
Pd. un cariñoso saludo a Leopoldo.
Roberto.